CiudadTijuana
Derechos Reservados
¡Qué?
Las campañas, sórdidas lecciones de manipulación Aquiles Córdova Morán Movimiento Antorcha Campesina 7 de junio de 2009/Saniago de Querétaro, Querétaro
|
Estamos ya en plena guerra electoral, una feroz rebatiña entre
candidatos de los distintos partidos por el voto popular que
será la escalera para alcanzar el mayor número de los cargos
en disputa el domingo 5 de julio. Como se sabe, ese día, los
mexicanos elegiremos a 500 diputados al Congreso de la
Unión , un número variable de diputados a los congresos
locales de algunos estados, y también gobernadores en varias
entidades donde el mandatario en funciones concluye ya su
mandato constitucional. Por principio, los ciudadanos
deberíamos esperar con beneplácito cada periodo electoral, ya
que, en teoría, ese acto cívico es una magnífica escuela de
política para el hombre de la calle. Las propuestas, los análisis
rigurosos de las mismas para demostrar su pertinencia y
viabilidad; los discursos de los candidatos para explicar su
ideario político, la superioridad de sus concepciones
generales, particulares y concretas según el caso y hasta la
polémica y las respuestas, lúcidas e inteligentes, a las críticas
de sus adversarios; todo debería contribuir a elevar la
educación política y a despertar la conciencia cívica de la
ciudadanía cuyo voto se solicita. Las campañas electorales
serían, así, la oportunidad de oro para que los políticos de
grandes vuelos expliquen a la gente qué modelo de país tienen
en mente; qué lugar y qué importancia tiene cada clase y cada
sector de clase en ese modelo; qué beneficios claros y
precisos debe esperar del mismo y, finalmente, cuáles son las
vías que propone y se propone seguir para transformar sus
propósitos en realidades.
Pero, desgraciadamente, en la realidad, como lo estamos
sufriendo y comprobando por estos días, las cosas ocurren de
modo muy diferente. En lugar de exposición rigurosa y
detallada de problemas y soluciones; en vez de proyectos bien
estudiados, realistas y progresivos para mejorar la suerte de
las mayorías; en vez de explicaciones meditadas y coherentes
del ideario de cada partido y del modelo de país que se
propone construir desde el poder, las campañas de sus
“mejores hombres” (así los califican los partidos mismos que
los postulan) giran en torno a tres ejes que son exactamente
los mismos para todos: 1.- frases huecas, efectistas, que por
su generalidad, o mejor dicho, por su vacuidad y absoluta falta
de contenido concreto, nada dicen ni a nada comprometen; 2.-
breves sainetes, pagados a precio de oro con dinero del erario
nacional, para insultar, denigrar, ridiculizar y acusar sin pruebas
a todos los rivales, o sólo al adversario más temido según el
caso; y 3.- los ya famosos spots en los que, con voz engolada,
con tono autoritario que no admite réplica, y con poses de
tribuno popular que no le teme a nada cuando de decir la
verdad se trata, se amontonan, en un breve espacio de tiempo,
sobre la aturdida cabeza del ciudadano, todo tipo de
afirmaciones sin pruebas, de acusaciones y cargos graves,
infamantes, constitutivos de delito incluso, dando a entender,
de modo implícito pero indudable, que el “índice de fuego” que
así señala y acusa está libre de toda culpa, aunque tampoco lo
prueba de ninguna manera. Una vil manipulación subliminal
que hace a un lado, con toda intención, la inteligencia del
elector.
Hay algo más. Resulta que las pocas veces en que, por alguna
razón favorable, el candidato decide descender al terreno de lo
concreto, es decir, se arriesga a hablar de alguna medida
específica que se propone llevar a cabo en caso de llegar al
poder, tampoco resulta fácil distinguir a un candidato de otro, a
un partido de otro. Por el contrario, parece que el empeño de
todos es parecerse lo más posible entre sí, o, en todo caso,
ganarles las ideas y las iniciativas (las mismas en todos los
casos, por supuesto) a sus competidores. Un ejemplo. México
entero supo de la terrible lucha que tuvieron que librar miles de
modestas familias texcocanas para que el edil perredista,
Constanzo de la Vega Membrillo (hoy por cierto flamante
candidato a diputado por el PRD), les permitiera edificar sus
humildes viviendas en un terreno que ellos habían pagado con
su sudor, es decir, que era de su legítima propiedad. El
perredista se oponía con uñas y dientes porque, según él y sus
incondicionales, hay que embellecer a Texcoco, y los pobres
hacen todo lo contrario, lo afean con la pobreza de sus
viviendas precarias. Pues resulta que, en días pasados, el
candidato priísta a la presidencia municipal de Texcoco, el
ingeniero Amado Acosta, se reunió con un grupo de
respetables señoras, representantes de lo mejor de la
sociedad texcocana, y delante de ellas se comprometió a que,
en caso de llegar al poder, impedirá con mano de hierro que
promotores irresponsables de asentamientos ilegales, como
los antorchistas, sigan fundando colonias de gente pobre.
Texcoco, según el candidato, sólo debe permitir la llegada de
los grandes capitales, de grandes negocios que atraigan al
turismo de gran altura. Las respetables señoras que lo
escucharon, prorrumpieron en espontáneos y atronadores
aplausos por supuesto.
Vea usted, pues, el contrasentido: el priísta Amado Acosta
quiere desbancar del poder municipal al PRD, pero para ello
propone seguir la misma política que Constanzo de la Vega ,
fiel representante del ideario perredista. Promete tratar como a
delincuentes a un sector importante de sus futuros electores, a
los antorchistas, que, les guste o no a sus detractores, suman
miles en ese municipio. La pregunta se impone por sí sola:
¿por qué o para qué, entonces, los texcocanos deberían
cambiar de partido en el poder? ¿Qué necesidad hay de que el
ingeniero Amado Acosta venga a hacer lo que tan bien hacen
Constanzo de la Vega y el PRD? Y este pequeño ejemplo,
desgraciadamente, se diferencia muy poco de lo que pasa en
todo el país y con todos los candidatos. Éstas son, pues, las
verdaderas lecciones, las sórdidas lecciones de ambición de
poder y de falta de principios que nos dan los partidos y sus
candidatos, en vez de las que necesitamos y merecemos. Que
el ciudadano común y corriente decida por quién votar.



